La Vega.- Sí, señores… ¡Ha muerto Rafael Mauricio!, lo que pareció una sorpresa mañanera, algunos pueden pensar que fue conveniente que él entregara la vida casi en el inicio del día cuando empieza a iluminarnos la lumbrera de la creación.
Y me dirijo, específicamente, a nuestro amado obispo, Monseñor Antonio Camilo González y le pregunto a nombre de la catolicidad, si acaso existe una razón o un asidero especial que produzca ese acontecimiento: una oleada de recuerdos santificantes y abre un futuro para que los sacerdotes sean como lo son, el símbolo del respeto y la devoción hacia ellos de hombres y pueblos.
El Padre Vargas era sencillamente un ser que trascendió en la historia, un ferviente y vehemente expositor del amor y la concordia; un guía que nos condujo y nos dio acceso al noble sentimiento de sumarnos a la Cruz de la Paz.
El que les habla, recibió de él pruebas contundentes de solidaridad y simpatía, tal vez sin merecerlo.
Participó prácticamente en todos nuestros actos familiares, desde los Bautizos de Gracia, hasta las Confirmaciones de la Fe y en la Eucaristía que despliega, ante los cristianos católicos, las banderas de la esperanza.
Se erigió en formidable defensor de nuestra conducta cuando fuimos víctimas de la maldad de aquellos que ignoran olímpicamente la cualidad humana de la honradez y la verdad, amigo de los ricos con espíritu de pobre; seguidor constante de las buenaventuranzas, empezando con: “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos”.
Era como un pequeño cofre para guardar una síntesis de los hechos de monseñor Francisco Panal, que conmovieron al mundo, artífice de iniciativas fecundas: Fundación Panal, la Escuela Panal, el Plato Panal.
Director espiritual de los cursillos de cristiandad, una de las revoluciones de amor, que hoy es presea y condecoración luminosa de la Iglesia Católica.
Adiós, Rafael Mauricio Vargas o hasta pronto
Esperamos encontrarnos con él en los cielos de Dios, no sabemos ciertamente su tipo de ayuda para que podamos penetrar por las puertas de San Pedro, que tiene el privilegio de utilizar para ello sus Llaves Divinas, pero de lo que estamos seguro es que si le pidiera su opinión en una asamblea deliberante de santos, el padre Vargas siempre votará por la Salvación, por la providencia de Cristo de que no vino al mundo a buscar a los justos sino a los pecadores.
Señores, vamos a imaginarnos en este piadoso acto, que él está repartiendo en lo infinito su contagiosa alegría y a lo mejor está cantando en un coro angelical de colores o exclamando con voz enternecedora: “Cristo y yo, María aplastante”. Amén.
Dr. Ramón González Hardy – La Vega News